
Eric Schmidt, el hombre que estuvo al frente de Google durante una década, acaba de dar una lección magistral sobre algo que él mismo ayudó a crear: nuestra adicción a las pantallas. En una entrevista reciente, el ex CEO fue directo al grano: si quieres pensar profundamente, apaga el teléfono.
La ironía es deliciosa. Schmidt fue responsable del crecimiento masivo de Google y del lanzamiento de Android, el sistema operativo que popularizó las notificaciones constantes y la publicidad dinámica. Ahora reconoce que la industria tecnológica ha monetizado nuestra atención, diseñando sistemas para captar nuestra mirada durante la mayor cantidad de horas posible.
Los números que compartió son alarmantes. El tiempo promedio de concentración frente a una pantalla se ha reducido de dos minutos y medio hace dos décadas a solo 47 segundos en la actualidad. Cuarenta y siete segundos. Menos tiempo del que te toma leer este párrafo.
Cuando le preguntaron cómo los jóvenes investigadores logran trabajar en medio de tantos estímulos, Schmidt fue categórico: «Apagan su teléfono». Y agregó algo que debería hacernos reflexionar: «No se puede pensar en profundidad como investigador con ese aparato vibrando constantemente».
Pero Schmidt no se quedó ahí. También criticó las aplicaciones de meditación que prometen ayudarnos a relajarnos mientras seguimos pegados a nuestros dispositivos. «Mis favoritas son esas aplicaciones digitales que te hacen relajar», dijo con ironía. «Lo correcto para relajarse es apagar el teléfono y relajarse de manera tradicional».
Las empresas de bienestar digital no tardaron en responder. Calm argumentó que «no todo el tiempo frente a la pantalla es igual», mientras que Headspace señaló que desconectarse no siempre es factible para los jóvenes que han integrado la tecnología en todos los aspectos de su vida.
Schmidt insistió en que la atención ya no es un hecho dado, sino un recurso en disputa en la economía digital actual. Reconoció el rol de la industria tecnológica en impulsar este modelo y hizo un llamado a repensar cómo, cuándo y cuánto tiempo dedicamos a las pantallas.
El mensaje es claro: necesitamos construir barreras y hábitos que nos permitan trabajar, crear y descansar sin fragmentaciones constantes. Viene del hombre que ayudó a crear el problema, así que tal vez deberíamos escucharlo.




